Hubo una Liz

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DANIEL DOMÍNGUEZ Z.
ddominguez@prensa.com
No hay mujer más bella en el cine que Elizabeth Taylor, en ese drama intenso que fue ‘Una gata sobre el tejado caliente’ (1958).
Ayer murió Liz, a los 79 años, con una hermosura marchita, fruto de excesos y enfermedades. Esos famosos ojos violetas se cerraron en Los Ángeles, el epicentro de un Hollywood que pierde a uno de sus últimos mitos.
Su vida fue más importante que las veces que se casó (ocho) o la cantidad de ocasiones que pasó por las manos de un cirujano plástico (nadie lo sabe), aunque esos temas importaron más que su talento.
Su existencia merecería una de esas películas biográficas que tanto gustan al Oscar, premio al que aspiró en cinco ocasiones y en dos obtuvo gracias a ‘Who’s Afraid of Virginia Woolf?’ (1966) y ‘Butterfield 8’ (1960), más un tercero de tipo honorífico.
Por todos fue conocida su pasión por los hombres de todas las clases sociales, su delirio por las joyas, su temperamento volátil, su lucha contra sus dolencias y cómo los productores de Hollywood la fueron arrinconando cuando su cuerpo se deterioraba a pasos ligeros y perdió el esplendor que la hizo indispensable en las películas de los años 1950 y 1960.
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