Juan Pablo II pide a los panameños capacidad de dialogar, dice nuncio apostólico

Elizabeth Garrido A.
egarrido@prensa.com
De Prensa.com

El nuncio apostólico en Panamá, Andrés Carrascosa Coso, hizo un llamado a la reflexión a los panameños que hoy acudieron a la misa de acción de gracias por la beatificación de Juan Pablo II, que en vida visitó el país hace ya 28 años.

“El 5 de marzo de 1983 [Juan Pablo II] besó esta tierra istmeña, oró y enseñó como pastor”, dijo el nuncio durante la homilía. Y recordó que también les habló sobre “la belleza de la familia y el matrimonio (…) y le habló a los campesinos”.

Pero, planteó el nuncio: ¿qué le diría hoy el beato Juan Pablo II a Panamá? Volvería a hablarles de esos temas y, además, desde el cielo invitaría a hacer un esfuerzo conjunto para que el desarrollo en el país sea integral, agregó.

“Juan Pablo II pide a los panameños la capacidad de dialogar (…) la construcción de un Panamá como Dios quiere necesita de la contribución de todos los ciudadanos”, recalcó.

Hablaría de la importancia de “no imponer soluciones por la fuerza… sino [apostar por] el diálogo para solucionar los conflictos que acaban creando crisis sociales”, indicó Carrascosa Coso.

La senda a la santidad del ahora beato

La beatificación de Juan Pablo II se realizó el 1 de mayo de 2011. REUTERS/Stefano Rellandini

CIUDAD DEL VATICANO.  (REUTERS).-  El Vaticano elevó el domingo al Papa Juan Pablo II al grado de beato, un paso más hacia la santidad.   A continuación, algunos datos cronológicos sobre su pontificado.    

16 de octubre de 1978 – El cardenal de Cracovia Karol Wojtyla es elegido papa, el primer pontífice no italiano en 455 años.  

2 de junio de 1979 – Vuelve a su tierra,  gobernada por el comunismo, un viaje considerado un factor clave para el surgimiento del movimiento Solidaridad.  

13 de mayo de 1981 – Recibe un disparo del turco Mehmet Ali Agca en la plaza de San Pedro. Una operación logra salvarle la vida.  

13 de abril de 1986 – Se convierte en el primer pontífice desde la época de los apóstoles que visita una sinagoga, y llama a los judíos “nuestros queridos hermanos mayores”.  

1 de diciembre de 1989 – El líder soviético Mijail Gorbachov visita el Vaticano e invita a Juan Pablo II a viajar a la Unión Soviética, una oferta que no puede llevarse a cabo ante la oposición de la poderosa Iglesia ortodoxa rusa.  

21 de abril de 1990 – Vuela a Checoslovaquia para alabar la caída del comunismo con el presidente Vaclav Havel.  

31 de octubre de 1992 – Tras 359 años, el Papa rehabilita a Galileo, al que la Iglesia condenó por decir que la Tierra giraba alrededor del sol.  

7 de diciembre de 1992 – Se publica el nuevo catecismo universal de la Iglesia católica, el primero en casi cinco siglos.  

28 de diciembre de 1993 – El Vaticano e Israel forjan lazos diplomáticos plenos tras 2 mil años de hostilidad entre cristianos y judíos.  

31 de octubre de 1997 – El Papa afirma que los cristianos se equivocaron durante el Holocausto.  

13 de marzo de 2000 – Pide perdón por los pecados de la Iglesia contra judíos, herejes, mujeres y minorías.  

20-26 de marzo de 2000 – Visita Tierra Santa y pide la paz entre israelíes y palestinos.  

8 de mayo de 2001 – En Siria, se convierte en el primer papa en entrar a una mezquita.  

22 de noviembre de 2001 – Se disculpa por los abusos sexuales cometidos por sacerdotes.  

Agosto de 2002 – Hace una última y conmovedora visita a su Polonia natal.  

Enero-marzo de 2003 – Hace campaña para evitar la invasión estadounidense de Irak.  

2 de abril de 2005 – Juan Pablo II muere.  

8 de abril de 2005 – Su funeral se convierte en un acontecimiento mediático mundial.  

Mayo de 2005 – Su sucesor, el papa Benedicto XVI, suaviza las normas que establecen los tiempos para una canonización, lo que sitúa a Juan Pablo II camino a la santidad.  

Junio de 2005 – La hermana Marie Simon-Pierre Normand, una monja francesa, reza al difunto pontífice y declara que Juan Pablo II la ha curado del Parkinson.  

14 de enero de 2011 – Benedicto XVI declara que el caso de Norman ha sido un milagro y propone el 1 de mayo para la beatificación de Juan Pablo II. Tras esta fecha, es necesario otro milagro más para su canonización, lo que le convertiría en santo.  

30 de mayo de 2011 – Se celebra una vigilia en el Circo Máximo de Roma.  

1 de mayo de 2011 – Juan Pablo II es beatificado en una ceremonia en la Plaza de San Pedro.   – El féretro de Juan Pablo es expuesto en la basílica de San Pedro tras ser exhumado de la cripta en la que estaba. Permanece a la vista para su veneración para todo aquel que quiere verlo.  

2 de mayo de 2011 – Se celebra una misa para dar gracias en la Plaza de San Pedro. Una vez que todo el que quiera haya podido ver el féretro, sus restos serán trasladados a una capilla lateral de la basílica.  

Rinden homenaje al nuevo beato ante su féretro

Benedicto XVI encabezó la procesión para rendir homenaje al nuevo beato ante su féretro. REUTERS/Max Rossi

CIUDAD DEL VATICANO. (EFE).- El papa Benedicto XVI veneró hoy los restos del beato Juan Pablo II, que se guardan en el féretro en el que fue enterrado en 2005 y que fue colocado ante el Altar de la Confesión de la basílica de San Pedro.

El papa rezó durante unos minutos ante el ataúd, una vez concluida la ceremonia de beatificación de Karol Wojtyla. Después lo hicieron el centenar de cardenales que concelebraron con el pontÍfice.

Todos besaron el ataúd, que el pasado día 29 fue sacado de la tumba que ocupaba en las Grutas Vaticanas y será colocado en los próximos días en una capilla del templo vaticano.

Hasta ahora, Wojtyla descansaba en una tumba a pocos pasos del sepulcro de San Pedro.

Tras los cardenales pasaron a venerar los restos del anterior pontífice las delegaciones oficiales de los países asistentes, después será el turno de los discapacitados y del público en general.

La basílica de San Pedro estará abierta mientras que dure el flujo de fieles, para permitir que los cientos de miles que se esperan puedan rezar ante el primer papa polaco de la historia.

Una vez concluida las celebraciones, el féretro será trasladado a una capilla del templo vaticano, para permitir una mayor afluencia de fieles en el futuro.

El féretro será colocado en el nuevo lugar en la tarde noche del día 2 de mayo. Dicha capilla es la de San Sebastián, situada entre la que acoge a la “Piedad”, de Miguel Ángel, y la Capilla del Santísimo.

Homilía de Benedicto XVI durante la beatificación de Juan Pablo II

Benedicto XVI. REUTERS/Alessandro Bianchi


Plaza de San Pedro
Domingo 1 de mayo de 2011

Queridos hermanos y hermanas.

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.

Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).

También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)- ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe.

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).

El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía.

¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Amén.

Juan Pablo II, beatificado en multitudinaria ceremonia

En la plaza de San Pedro se escucharon los aplausos, tras el anuncio de que el sumo pontífice Juan Pablo II fue beatificado oficialmente este domingo, 1 de mayo. REUTERS/Max Rossi

CIUDAD DEL VATICANO. (Reuters).- El fallecido Papa Juan Pablo II quedó el domingo mucho más cerca de la santidad para la Iglesia Católica, luego de una jubilosa ceremonia que atrajo la mayor multitud a Roma desde su funeral hace seis años.

“De ahora en adelante el Papa Juan Pablo deberá ser llamado ’beato’”, dijo con solemnidad el Papa Benedicto XVI en latín, estableciendo que el día festivo de su predecesor será el 22 de octubre, cuando Juan Pablo II inició su histórico pontificado en 1978.

Ante las ovaciones de cientos de miles de personas, un enorme tapiz que mostraba la cara sonriente de Juan Pablo II fue desplegado segundos después de la proclamación de beatificación por parte de Benedicto XVI, quien vestía resplandecientes túnicas en blanco y dorado.

La Plaza de San Pedro estaba atestada de gente y la multitud llegaba hasta el río Tíber, a más de un kilómetro de distancia. La multitud de devotos, muchos portando banderas naciones y cantando himnos, llegó hasta la zona del Vaticano desde todas las direcciones desde antes del amanecer, a fin de poder ver la misa de cerca.

Muchos acamparon fuera durante la madrugada en la plaza, que estaba repleta de pósters y fotografías del fallecido pontífice, además de carteles con una de sus citas más famosas: “No tengáis miedo!”. Muchos provenían de la nativa Polonia de Juan Pablo II.

Decenas de banderas polacas en blanco y rojo podían verse por sobre la multitud y se escucharon ovaciones cuando un grupo de polacos liberó globos con un enorme cartel con las palabras “Gracias, Dios”.

“Nosotros estuvimos para el funeral y teníamos que estar aquí para ver la beatificación”, dijo Janusc Skibinski, de 40 años, quien condujo 29 horas con su familia desde su casa, cerca de la frontera con Bielorrusia.

Un puesto de honor fue reservado para la hermana Marie Simon-Pierre Normand, una religiosa francesa que sufría de enfermedad de Parkinson, pero cuya inexplicable cura ha sido atribuida a la intercesión de Juan Pablo II ante Dios para realizar un milagro, permitiendo la beatificación del Papa.

El Vaticano tendrá que atribuir otro milagro a Juan Pablo II tras su beatificación antes de declararlo santo. El Papa fue beatificado el día en que la iglesia celebra la Fiesta de la Divina Misericordia, que este año cae en el otoño boreal en 1 de mayo, la festividad más importante en el mundo comunista. La coincidencia es irónica, dado que muchos creen que el Papa tuvo un rol clave en la caída del comunismo en el este de Europa.

DELEGACIONES DE TODO EL MUNDO

Unas 90 delegaciones oficiales de todo el mundo, incluyendo miembros de las cinco familias reales europeas y 16 jefes de Estado, tenían previsto estar en la beatificación. Entre ellos se incluye al presidente de Zimbabue, Robert Mugabe, quien ha sido ampliamente criticado por antecedentes de abusos a los derechos humanos en su país.

Mugabe tiene prohibición de viajar a la Unión Europea, pero el Vaticano – un Estado soberano – no es miembro del bloque.

El ataúd de Juan Pablo II fue exhumado el viernes de su cripta debajo de la Basílica de San Pedro y será colocado frente al altar principal. Permanecerá ahí y la basílica seguirá abierta para recibir a todos los visitantes que deseen verlo. Luego será trasladado a una nueva cripta situada bajo un altar en una capilla cercana a la estatua de la Piedad de Miguel Angel.

La losa de mármol que cubrió su primer lugar de sepultura será enviada a Polonia.

La beatificación de Juan Pablo II estableció un nuevo récord en los tiempos modernos, puesto que se llevó a cabo seis años y un mes después de su muerte, ocurrida el 2 de abril de 2005. Aunque un abrumador número de católicos acogió la proclamación, una minoría se opuso y algunos consideraron que el proceso había sido demasiado rápido.

Ulloa explica rápida beatificación de Juan Pablo II

Manuel Vega Loo
mvega@prensa.com

El arzobispo de Panamá, José Domingo Ulloa, afirma que Juan Pablo II fue un modelo de vida no solo para la iglesia católica sino para el mundo, y de allí que su beatificación se haya producido de forma rápida.

Sacan restos de Juan Pablo II para su beatificación

El ataúd con los restos de Juan Pablo II, que fue sacado ayer, viernes 29 de abril, de la tumba que ocupaba en las Grutas Vaticanas, será trasladado hoy al Altar de la Confesión de la basílica de San Pedro para que los fieles puedan venerarlo una vez beatificado por Benedicto XVI. A Ciudad del Vaticano han llegado ya decenas de miles de personas para presenciar la ceremonia.

Los santos de Juan Pablo II

Durante su pontificado, Juan Pablo II celebró 147 ceremonias de beatificación, en las que proclamó mil 338 beatos y 51 canonizaciones, con un total de 482 santos. Durante 10 años, le ayudó en esta tarea el cardenal portugués José Saraiva Martins, como principal responsable de juzgar la santidad de los candidatos a los altares.

El milagro de Juan Pablo II

Carmen Fernández
cfernandez@prensa.com
De Prensa.com

Desde que los cardenales de la Congregación para las Causas de los Santos aprobaron un milagro realizado por intercesión de Juan Pablo II comenzó, el 12 de enero de 2011, la cuenta regresiva para la beatificación del pontífice polaco.

El milagro: la curación inmediata de la monja francesa Marie Simon-Pierre, que sufría una forma de Parkinson. La enfermedad la había obligado a dejar su trabajo como enfermera en el área de Maternidad de un hospital de Arles, en Francia. Tras haber pedido a Juan Pablo II su mejoría, el Parkinson desapareció por completo en junio de 2005.

Posteriormente, Benedicto XVI se reunió con el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, para aprobar definitivamente el milagro. Finalmente se anunció el 1 de mayo de 2011 como la fecha de la beatificación de Juan Pablo II, seis años después de su fallecimiento.

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